Un número desproporcionado e infinito el de aquellos y aquellas que definen la dignidad humana con el valor de un penique.
Finalmente, siempre lo mismo, mentira, cobardía, los ojos que deciden mirarse su ombligo y nadar hacia el centro, apartar la vista de la realidad, vivir en una burbuja aunque los daños sean irreversibles para el resto. Quienes deciden no pensar por comodidad momentánea, pues la vida siempre te muerde cuando menos te lo esperas. Y entonces la conciencia te alcanza y no hay escondite posible, nunca, jamás, ya no.
Quienes siguen confundiendo sonrisa con mueca y dientes largos como muestra de la bajeza que alcanza el ser humano desde el principio de los tiempos.
Y ante todo esto, y más, y tanto, y tanto dolor, un minuto para aquellos que pese a todo deciden mantener su dignidad, la honestidad de tener alma, para aquellos seres que algunos, en tono peyorativo, llaman, en esencia, buenos. Para todos ellos una oración que dulcifique la batalla que aún queda, la que damos por vencida pero con la cabeza alta y la verdad en cada mirada.
"Venceréis, pero no convenceréis", repetía Unamuno.
Todo homenaje a algunas personas es siempre escaso, ínfimo, pues su pelea, su calor, son difíciles de pagar, de agradecer más allá de lo que una simple palabra puede susurrar. Hay hombres y mujeres que deberían encontrar pétalos de rosa bajos sus pies cada día, y lilas sobre la mesa, y una paz infinita bajo su techo, que la vida les ofrezca todo aquello que se han ganado, que se han currado, que merecen, gracias a todos ellos, mi hermana "Sol", Fran, Santos, David González, Ada, Ana Pérez Cañamares, Silvia, Katarina, Néstor, Leticia Vera, Alba, Angie, Autumn, Edu, Javi, Jesús, Juan Carlos y Juancar, Lauri, Juan y Lucía Falcón, Marcelino, Reis, Rubén, Paula, Xabel, Chiri y Noe, las "niñasgominola" (Vero y Lu), Ana, la bella mujer de Syros, Ramsés, Roberto, Davidjazzmen...

Hell
Tanslation by Peter Imoro


There were two men talking by the door. They hardly noticed her. They were eating fries, drinking beer and laughing out loudly. When the doors opened, Sophia entered slowly trying to avoid being noticed. It was nine o’clock. The supermarket was empty; it was only her and the two men. She picked up a cart, although she knew that it was too big for her, but she hated those little baskets. She stopped at each one of the shelves: those for donuts, drinks, canned foods…. She went to the meat section and examined each piece of meat, sausage, everything. In the fish section, she did not notice anything. Without ever knowing why, she always felt nauseous when she saw a dead fish. An hour later, she decided to turn around and, slowly, very slowly, go to the freezers. She was still a distance away when she saw them, but she could make out their perfectly delineated pink, blue and green surroundings, their perfect symmetry and those three big stars. She parked the cart and, without realizing it, began to run. She had lost control again. One after the other, she began to pick up ice creams of varying flavors —strawberry, cream, chocolate, and chocolate with nuts, blueberry … — until her lap was full. The ice cream fell onto the floor one after the other, but she kept on and on. The forty euros she had in her pocket, the only money she had, would never suffice. Her life was reduced to forty euros in the pocket. He had taken away the kids while she was asleep. Since she began taking the pills, she had difficulty getting out of bed in the mornings; her sleep had become too heavy and dense. This would be the last time. She knew it; she would never see them again. She thought about Andrea, the small one, and all the ice cream she had succeeded in holding onto in her left hand fell down. She sat on the floor. The salesperson in charge came running and when she saw her there, on the floor, covered with some sought of thick and colored paste, she looked so pathetic to him that he decided not to pass by that place again until eleven o’clock. Sofia felt very cold. It is cold in hell, she thought. It’s all a lie, it’s all a lie, she murmured while she got up.

DECEPCIÓN



Quizá el diablo sea más sabio por su experiencia que por diablo y eso es algo que el paso del tiempo nos demuestra, a veces, con infinita crueldad. Por qué nos decepcionan aquellos en los que depositamos una confianza casi ciega, por qué, de repente, se transforman en otros a quienes no conocemos ni queremos conocer, por qué, finalmente, es tan fácil decepcionar al otro. Al igual que en el amor formamos parte de un círculo en constante movimiento, una ruleta rusa, en la que los papeles se intercambian una y otra vez, en ocasiones somos aquellos que hieren y en otras los heridos; algo similar ocurre con la decepción, no sólo sufrimos el papel de víctimas sino que también nos convertimos en monstruos, en quien decepciona, hiere al otro, con o sin intención alguna. Me pregunto si es posible llegar al final del camino sin haber decepcionado o defraudado a nadie, conocido o desconocido (en principio algo imposible puesto que el mismo cambio que soporta toda vida provoca una serie de mutaciones que afectarán a nuestro carácter, comportamiento, modos de ser y actitud y esto influirá en la visión positiva o negativa que los demás tienen de nosotros).
La decepción duele y duele la más reciente como la primera, y ese dolor permanece invariable siempre; difícil acostumbrarse a vivir en carne propia lo que ni tan siquiera atisbamos en el horizonte ajeno. No es necesario haber depositado una confianza excesiva en el otro, tan sólo la más lógica, la humana: esperamos de quien tenemos al lado casi de todo menos el daño gratuito. Ingenuidad quizá, puesto que es absurdo conceder a un solo ser –o varios- la confianza que no tenemos en el mundo en general, en la vida, la suerte, la justicia…
Y la decepción se produce una y otra vez. Nuestra mirada atónita ante el hecho concreto que nos hace ver ya lo evidente nos vuelve a morder con la misma fiereza que cuando éramos niños, aquellas cosas que nos costó –y cuesta- tanto entender: la maldad, la envidia, la mediocridad y sus ataques… Volvemos a sentirnos igual de ingenuos, desamparados y con cierta culpabilidad sobre nuestra espalda por habernos permitido una ceguera que ahora nos pasa factura. Nos encontramos de nuevo con el concepto de la ceguera, pero de otro modo, otro sentido: la que aún protege algunas almas. Curiosa relación y efectos: por un lado la ceguera elegida, aquella que triunfa y que alcanza el poder negándose a ver los cadáveres que el interesado pisa hasta la cumbre, y la ceguera contraria, la que consigue que el hombre vuelva a confiar, la bendita ingenuidad que conservamos aún sin desear dicha capacidad que finalmente nos daña, aquella que nos permite seguir soñando, puesto que con los ojos cerrados es más difícil ver el llanto. Insisto, curiosa relación entre la ceguera voluntaria y elegida de aquellos que se elevan sobre huesos y cadáveres hasta el lugar más alto, frente a la de los que aún podemos llegar a ver al otro más allá de la piel, su alma. Dos bandos: los que decepcionan pero su ceguera se niega a ver el daño que les conduce al triunfo y los que sufren su ceguera en forma de decepción constante por haber confiado en quien les pidió que arqueasen su espalda para así poder colocar sus botas más cómodamente sobre ella y elevarse más rápido, de un modo eficaz.
Texto extraído del blog de José Ángel Barrueco:
Escrito en el viento
4 de octubre, 2009.
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El texto de abajo es mi último artículo para el periódico. Estaba previsto para hoy. Era mi despedida (a la fuerza: dejan de pagar las colaboraciones; al menos, las mías). Ni siquiera han querido publicarlo. Pero, ante este tipo de manipulaciones, nos queda el poder de internet. En la red no pueden tapar todas las bocas. La mía, al menos, no.
DESPEDIDA A MEDIAS.
Detesto las despedidas. Dejan un poso de amargura, un sabor agridulce, que no conviene a nuestros paladares. De hecho, no deberíamos despedirnos nunca. De nadie. Ni siquiera de nuestros muertos: los míos, los que dejé atrás, los que se fueron, aún me visitan en mis sueños. De este periódico, donde tantos nos hemos forjado escribiendo, y que a tantos nos ha acogido, guardo en la memoria los adioses escritos de quienes dejaron su puesto, por unas u otras causas. Quizá el más emotivo, o el que yo recuerdo con más afecto, fuese el de mi antiguo director, Francisco García, en su diana titulada “Hasta siempre”. En aquel texto minimalista, como todos los suyos, escribía: “Llegó la hora del cambio de destino, que nunca se augura pero siempre llega, de la llamada a nuevas metas y horizontes; la hora del adiós que es hasta pronto o hasta siempre”. Es conveniente que no olvidemos esas palabras: “Nunca se augura pero siempre llega”. Paco apostó por mí hace ya casi diez años. Primero, como columnista semanal. Luego, diario. Creo que a él se lo debo todo; para mí supuso aliento, soporte y auxilio en los momentos bajos. Desde entonces hasta ahora, en que el camino se termina, he escrito para este periódico algo más de 3.100 artículos. Esa cifra es mi medalla, y por supuesto también lo es el apoyo de los familiares, los amigos, los compañeros de oficio y los lectores, tanto los compinches como los enemigos. La gente que me aguantó y la que no. Incluso las personas más cercanas a mi círculo me dieron alguna vez un tirón de orejas, seguramente merecido porque soy humano.
Estamos en tiempos de crisis. En tiempos oscuros. De recortes, despidos y cambios de rumbo. Hay nubarrones sobre nosotros y aún queda por llegar lo peor, la tempestad. Una vez me dijo un colega, cuando estudiábamos juntos en la universidad: “Estamos abocados al fracaso”. No se me han olvidado esas palabras, pero hoy se hacen extensibles al país. España está abocada al fracaso. Decía un personaje de “The Dark Knight”: “La noche es más oscura justo antes del amanecer. Os lo prometo, no tardará en amanecer”. Veremos. Porque a mi alrededor sólo veo gente que cae a la lona. Lo importante es que siempre nos quedan fuerzas para incorporarnos. Dicen que, cuando una puerta se abre, otra se cierra. A Zamora le restan aún energías. Es una ciudad que ha soportado de todo. Lean con atención estas palabras: “No, Zamora no se ha perdido en una hora. Pero sí se ha perdido en años y más años de cercos, de olvidos de sus posibilidades, de murallas de silencio para sus necesidades, de portillos por donde se han traicionado sus bienes y haciendas más comunes y por donde ha ido exportándose la flor de sus habitantes”. No son recientes. Las escribió el poeta zamorano Justo Alejo en el 77. Y, hoy, el cuento es el mismo.
Dije al principio que detesto las despedidas, y de ahí el título de este último artículo diario. Seguiré apareciendo por aquí, si nada lo impide, cada domingo, junto a la tribu de colaboradores dominicales. Con el texto de hoy se cierra una etapa. Casi diez años en los que he visto (con pesar) cómo algunos columnistas se iban. Una etapa plena, sin embargo. De aprendizaje. De forja en la escritura, igual que si uno asistiese con puntualidad a un gimnasio para fortalecer sus músculos. Y coincide con la reedición de mi primer libro: una década después. Como si en estos años hubiera trazado un círculo que ahora se cierra y completa. Amigos, les espero a la vuelta de la esquina, dándole a la tecla, y me despido con una cita de J.D. Salinger: “No cuenten nada a nadie. Si lo hacen, empezarán a echar de menos a todo el mundo”.
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José Ángel Barrueco.